El
gran Alejandro dejó de vender maquinaria
agrícola y se puso a elaborar vino.
Y a venderlo por todo el mundo. Por méritos
propios, Alejandro Fernández es seguramente
el personaje más popular del vino español.
Es probablemente la
cara más conocida del vino español
y, sin títulos que adornen su tarjeta
de visita, pertenece con pleno derecho a
la aristocracia vitivinícola hispana.
Se llama Alejandro Fernández, es
castellano de pura cepa (y nunca mejor dicho),
recio y duro como el roble, y muy grande;
con tantas ganas de conquistar el mundo
como aquel otro Alejandro, el rey macedonio,
que también fue grande pero se tuvo
que conformar con dominar la mitad del mundo
conocido hasta entonces. Alejandro Fernández
ha ido todavía más allá
y, a sus setenta años, confiesa que
ha llevado su vino a todos los países
civilizados que compran vino, que son más
de cien, y hoy día hay siempre un
Pesquera en cada uno de los estados que
forman actualmente los Estados Unidos de
América.
Sin embargo los comienzos no fueron fáciles,
ni mucho menos. Y no podían ser fáciles
porque en el año 1.972, cuando Alejandro
Fernández decide iniciarse en el
mundo del vino, España vivía
momentos indecisos política y económicamente
y estaba a punto de estallar la gran crisis
del 73. Lo primero Alejandro lo sabía,
ya que estaba al tanto de lo que sucedía
en el país y que el agro español
atravesaba un momento delicado, mientras
que lo segundo no se podía aventurar.
De la Ribera a Zamora
y La Mancha
Década a década
Alejandro Fernández ha ido conformando
su pequeño imperio vinícola.
Comenzó en los 70 en Pesquera de
Duero; en los 80 dio vida a Condado de Haza,
en Roa de Duero, una bodega rodeada por
un viñedo de 200 has.; y en la década
de los noventa, se hizo con la finca Dehesa
la Granja, en Vadillo de la Guareña,
al sur de la provincia de Zamora, y se fue
a conquistar La Mancha, montando la bodega
El Vínculo en la localidad de Campo
de Criptana, provincia de Ciudad Real.
Pero Alejandro Fernández
no se dejaba arredrar por nada. Y quería
cambiar de negocio, necesitaba hacerlo.
Dejó de vender la maquinaria agrícola
que él mismo diseñaba, “como
las primeras cosechadoras de remolacha que
se vieron en España”, recuerda,
y se puso a hacer vino, y después
a venderlo que era lo más difícil.
Tenía 40 años y dejaba atrás
una profesión y la cambiaba, casi
de la noche a la mañana, por una
vocación, “porque Pesquera
nació porque a mí me gustaba
mucho el vino y era mi afición de
pequeño; y yo pensaba que cuando
tuviera medios o posibilidades, plantaría
viña y haría una bodega”,
explica Alejandro con su verbo fácil
y a veces un tanto atropellado.
Eran tiempos en que los agricultores arrancaban
las viñas para plantar remolacha
(subvencionada), la Ribera de Duero era
Vega Sicilia, Protos y unos pocos más,
y los vecinos del pueblo tachaban a Alejandro
de loco, de nuevo rico a quien le sobraba
el dinero. Pero Alejandro fue cocinero (perdón,
carpintero) antes que fraile y, sobre todo,
un pionero. Confiesa que él en realidad
ha vivido veinte años por delante
de los demás y que si fracasó
en algo, como en algunas máquinas
para el campo, fue por hacer cosas muy modernas,
muy avanzadas para sus tiempos. Qué
le iba a detener a este hombre que hasta
los 17 años estuvo arando con mulas,
ayudando a sus padres a podar viñas
“y todas estas historias..........Vamos,
lo que es un agricultor pequeño en
pueblo”.
Y nació el primer
tinto Pesquera, en el año de gracia
de 1.975. Casi de inmediato, el primer vino
de Alejandro Fernández supuso una
revolución en el panorama vinícola
español y tuvo una gran repercusión
en el panorama internacional. ¿Cuál
fue la clave del éxito del tinto
Pesquera?.
“Primeramente la calidad”, aclara
su autor. “Yo hice un vino como lo
hacían mis padres, mis abuelos, un
vino con mucho cuerpo, con mucho extracto,
pero mejor hecho, claro. Entonces se hacía
el vino para bebértelo en casa y
lo que sobraba, si sobraba una cuba, para
dárselo a los arrieros, que en verano
lo vendían ellos por los pueblos.
Y yo quise hacer un vino así, y cuando
comencé a comercializarlo la gente
decía que era un vino con mucho cuerpo,
como muy basto, eso decían. Pero
yo seguí con mi marcha, pues recuerdo
que venían los de Vinoselección
y me decían: “Este vino es
muy astringente, no nos va”. Y yo
les decía: “Bueno, tengo vino
para dar a un solo cliente y resulta que
tengo tres; o sea que aún me sobran
dos”. Así de sencillo”.
Las cifras del “Grupo
de Bodegas de Alejandro Fernández
Tinto Pesquera”
Cada año
las cuatro bodegas de Alejandro Fernández
(el “Grupo de Bodegas de Alejandro
Fernández Tinto Pesquera”)
elaboran 1.800.000 botellas: el 50% en Pesquera,
400.000 en Condado de Haza, 300.000 en Zamora
y el resto en El Vínculo. Entre las
bodegas de la Ribera y Dehesa la Granja
poseen 670 has. de viñedo, todas
de la variedad Tempranillo. El parque de
barricas asciende a la cantidad de 16.000
unidades, todas de roble americano. Por
el momento se comercializan nueve marcas
de vino y se exporta el 40% de la producción,
sobre todo a Estados Unidos, Alemania, Suiza,
Reino Unido, México, Japón
y Polonia. Eva la hija menor de Alejandro,
será quien continúe su labor
enológica.
Lo
cierto es que el triunfo de los vinos de
Alejandro Fernández se debe a su
perseverancia, a su peculiar técnica
de marketing (el infalible boca a boca)
y a su incansable periplo viajero, que le
ha llevado a conocer más de cien
países, todos los civilizados del
mundo, como él dice, que pueden comprar
vino. La imagen de Alejandro Fernández
con una caja o unas botellas de Pesquera
bajo el brazo es auténtica realidad:
“Sí, claro que lo es”,
admite. “Yo me acuerdo una vez con
Jesús Anadón, el enólogo
de Vega Sicilia, que era una gran persona
y un personaje, y que me quería mucho,
que nos encontramos en el aeropuerto, y
mi mujer, Esperanza, llevaba una caja de
vino y yo otra, y me decía: “Alejandro,
Alejandro, ¿cuándo vas a dejar
de ir con el vino bajo el brazo?”.
Y yo le contestaba: “Cuando tenga
tanto dinero como vosotros”. Y sigo
siendo así”. Eso no significa,
pienso, que Alejandro Fernández tenga
o deje de tener mucho o poco dinero, que
le vaya bien o mal, ya lo veremos más
adelante. Lo que sí significa, entre
otras cosas, es que Alejandro es lo que
se llama popularmente “un culo de
mal asiento” y que, lo que se dice
sentado y él mismo corrobora, nunca
puede estar. Y entre anécdotas y
curiosidades de su ya dilatada vida profesional
llegamos a uno de los momentos cumbres de
su éxito: cuándo Robert Parker,
el gran gurú mundial del vino, descubre
su Pesquera del 82. Lo cuenta así:
“Hombre, es que Robert Parker es una
persona que ha hecho mucho por los vinos;
la gente ha creído en él,
y cuando probó el Pesquera 82 en
Estados Unidos estaba harto de probar riojas
y no quería probar más vinos
españoles porque decía que
eran vinos claretes y no se equivocaba,
porque eran vinos muy abiertos, eran “ojo
de gallo”, y un día probó
mi vino por casualidad, porque llegó
tarde a su casa y no tenía vino para
cenar, pero sí tenía una botella
mía. Y se dijo “Voy a abrir
ese vino español y voy a ver qué
pasa”. Y abrió ese vino español
y, cuando lo echó en la copa dijo:
“¡Coño, qué es
esto, esto es otra cosa!”. Y lo probó
y le encantó. Y como se conoce que
no le convenció del todo o le extrañaba
que pudiera estar tan bien, lo volvió
a catar al día siguiente y entonces
aún estaba mejor. Y empezó
a escribir para la revista que trabajaba
lo siguiente: “Usted puede comprar
un Chateau Petrus en una tienda que le puede
costar (en aquellos tiempos ) 290 dólares
o 300, y puede usted comprar un vino español
con las mismas características por
12 dólares”. Y le llamaba el
Cahteau Petrus de España. Sí
al Pesquera del 82”. A Alejandro Fernández
“la alta expresión” le
dice muy poco, “porque el vino es
vino y se acabó”, y sobre los
precios tan desorbitados que alcanzan algunos
vinos españoles se muestra más
prudente y opina que cada uno en su casa
y en su bodega “hace lo que cree más
conveniente, pero para mí son vinos
de escaparate”. También opina
que el vino nunca es moda, que moda puede
ser “los vinos de “alta expresión”
que se llevan para que les den muchos puntos”,
y que tiene mucho más mérito
hacer 100.000 botellas de un vino y conseguir
que Parker dé una calificación
de 90, que elaborar solo unas cinco mil
y alcanzar un 100. “Además
Robert Parker es un hombre que cree que
se pueden hacer otros vinos diferentes,
y con tanta categoría como en la
Ribera. Por ejemplo en Vadillo de la Guareña,
Zamora donde hay unas uvas impresionantes,
también Tempranillo, que allí
llaman Tinta de Toro”.
Cuentan
por allí, por Zamora, que la finca
Dehesa la Granja, “La Granja”
para los lugareños, fue casi un regalo
porque costó unos 300 millones de
los de antes, de pesetas, claro. Con sus
800 hectáreas de superficie, casi
toda de regadío, de las que 250 son
de viñedo y el resto de alfalfa y
maíz, forrajeras idóneas para
300 vacas y 2.000 ovejas que darán
muy buena carne de vacuno y suficiente leche
para los quesos zamoranos que quiere elaborar
Alejandro. También la finca tiene
caballos y había toros (con tentadero
incluido), que fueron sacrificados cuando
la propiedad cambió de dueño.
Pero el verdadero tesoro de Dehesa la Granja
estaba bajo tierra: una bodega excavada
a pico en la piedra entre los años
1.750 y 1.767 por 125 hombres, con 3.000
metros cuadrados de galerías y pasadizos,
donde reposa durante dos años en
barricas de roble americano el vino de esta
finca, que se vende como vino de mesa aunque
esté a las puertas de la D.O. Toro
y, de hecho, unas 10 has. De viñedo
están dentro de los límites
amparados por la Denominación.
Sin embargo la
bodega de Campo de Criptana, que ya todo
el mundo conoce por El Vínculo (la
marca de vino), es una historia diferente.
“En El Vínculo no tengo viñedo
porque aquello es un mar de vino”,
afirma Alejandro Fernández. “Allí
lo que compro son las uvas y vendimiamos
nosotros; no en el mes de septiembre, como
hacen los viticultores manchegos, sino el
12 ó 13 de agosto, porque la uva
hay que cogerla en su plena juventud, cuando
está con brío y fresca. Es
cuando da gusto”. Así es Alejandro
Fernández, que aunque tiene a su
hoja Eva para continuar la saga “Pesquera”,
confiesa que él nunca dejará
de hacer vinos. |